Rodrigo sin Cuevas

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Hoy ha sido un mal día. Como era de esperar.

Durante toda la noche tronaron los tambores de las tribus de las montañas, pero esta vez sonaron en la llanura, Callaron aves y demás y bestias, y sólo sonaba aquel latido como si estuvieran en mi cabeza. Pero no estaban dentro, ojalá hubiera sido así. Estaban muy fuera, muy cerca.

Reparé la empalizada casi con espíritu funcionario, como un autómata de un reloj deminonónico. No me preocupé por las municiones ni los pertrechos: de hambre no moriré, y por falta de balas… Al final las balas son las que son, y la última te suele pasar entre los ojos o por el corazón, así que mejor no pensar que vamos a llegar a mañana.

No ha llegado los refuerzos. Cierto es que no pedí ayuda, pero eran conscientes de mi delicada, arriesgada situación. Eso sí, dieron acuse de recibo con marcial puntualidad, pero luego se repitió la historia: nunca vino nadie.

Fue una noche terrible, con esos tambores retumbando, con toda la vida pasando por mi memoria, pasando estadillo de aciertos, errores y heridas, de balazos y medallas, de momentos con el agua al cuello y el cuchillo en la boca, y del calor, del amor del hogar.

Hogar.

Cualquier trinchera es hogar si sigues vivo.

Hoy ha sido un mal día. He defendido mi fuerte sólo en vano intento.

He muerto por nada y por nadie.

Hoy brindo por nada y por nadie.

Llueve dentro de mi submarino como si eso me importara.

Ni siquiera el cielo tiene cojones de llover todo lo que mi alma puede soportar, todo lo que mi corazón necesita para ahogarse.

Tiene que ser más fácil, Valeria Castro

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