Esperanza

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Esperanza es una estación de metro.

Esperanza es lo que hace a los hombres y mujeres levantarse todas las mañanas y soportar este asqueroso mundo: esperanza de un sueldo mejor, de ver crecer a tus hijos, de un coche nuevo, de encontrarte con esa mujer de belleza y lealtad incomparables de boca al torcer una esquina en un lluvioso Madrid, esperanza de dormir en paz por las noches, esperanza de un nuevo amanecer.

Supongo que habrá gente que ni se lo plantee. Se levante, coma, beba, trabaje, folle y satisfaga ciertos bajos instintos, y pase sin pena, gloria o aspiraciones por este mundo.No siquiera es el hedonismo el motor: es casi un sovivir animal, vegetal, una perpetuación genética de la especie, que es capaz de utilizar cualquier trampa para afianzarse un par de generaciones más.No los culpe, casi los envidio.

Aunque también hay gente que somos carne de esperanza, o de sueños, o de inconsciencia. De repasar en las noches toledanas, en los caminos interminables al volante, en los silencios de la noche (en el conticinio, bonita palabra). De imaginar refugios para potencias de dos, de creer que todos los futuros son posibles, incluidos los de Marwan.

Y como vamos de palabras, tened indulgencia con este pobre vate desesperado y desesperanzado, aparece una de las palabras más… terribles, que todavía me erizan el vello. Desahuciar.

Quitar a alguien toda esperanza de conseguir lo que desea. Creo que hay pocas palabras en castellano con semejante crudeza: privar de la esperanza. Quitar el sentido a una vida porque sabes que eso, lo que deseas, no va a llegar nunca.

Esperanza es una estación de metro. Sé que si la pierdo, estoy a un billete de metro de ir a verte.

Quemas, Xoel López
Si tuviera un día, Travelling’ Brothers

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