El espectáculo debe continuar

Fiesta, Rigoberta Bandini

Durante un momento, el escenario se quedó congelado. Los piratas interrumpieron su coreografía, mientras la orquesta, ante los asombrados ojos de su director, acabó la música como cuando se desinfla un globo.

Jafar se plantó en el centro del escenario, vestido de torero, y saludó:

¿Como están ustedes?– Solamente se escuchó una vocecilla al fondo contestar un escueto bien, pero también se apagó bajo las miradas acusadoras de parte del público.

Queridos camaradas piratas. Traemos un mensaje del Reino de España que, como conocéis, siempre ha sido una gran fuente de piratas y, en ciertos casos, incluso refugio. Nuestro rey quiere que os deleitemos con canciones especiales para vosotros.– continuó Jafar.

Mientras tanto, Sonriza examinó el escenario. Estaba repleto de los típicos piratas barbudos, malcarados, malolientes, y multitud de patas de palo, garfios, aretes y parches. Y, al fondo, en la segunda fila de piratas, un pirata con cara de muy malo, con una pata de madera astrosa y un flamante calcetín en la misma. ¡Ahí estaba el objetivo!

Jafar seguía con su perorata, mientras los piratas comenzaban a acercarse de manera amenazante al dúo de artistas. Sonriza, por si acaso, marcó con su peineta láser el objetivo. Si se les escapaba, un misil se encargaría de mandarlo todo por los aires. No podían fallar.

Y ahora, mi bella partenaire, la Niña de los Peines, les va a interpretar el célebre tema «El emigrante», de Juanito Valderrama, a la guitarra eléctrica por primera vez en el mundo mundial.– Jafar echó una mirada suplicante a Sonriza, que se sentó en un tonel de ron (¡ojalá fuera de gominolas!, pensó) y comenzó a rasgar la guitarra. Obviamente, aquello no sonaba. No estaba enchufada a ningún sitio.

Jafar carraspeaba como si fuera a entonar, mientras los piratas se acercaban. Aquellas espadas parecían muy reales, y los garfios debían pinchar de lo lindo.

Jafar, ya en pleno pánico, intentó bailar algo de claqué para romper el hielo, pero fue peor, ya que pisó el juanete del jefe de los piratas. Éste, estallando en cólera, gritó:

-¡Quiero su cabeza! Dos doblones de oro al que me la traiga-

Sonriza pensó que debía hacer algo, o el pobre Jafar iba a acabar muy mal. Y puede que ella también, aunque tenía debajo de la falda un turboreactor personal para salir volando. Chica lista. Y previsora.

Cogió un cable de los focos de iluminación del teatro, enchufó la guitarra eléctrica al mismo cable, se puso unos guantes de goma para fregar por si las moscas, y rasgueó las cuerdas.

Y, entre un terrible chisporroteo, se apagaron todas las luces, entre un ¡Ohhhh! del extasiado público que no creía lo que estaba pasando en esta función.

(Continuará)