Perdone, señorita

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Hace tiempo tuve un accidente. Ni siquiera sé cuánto hace que ocurrió, aunque los anales recogen más de una fecha significativa, y desde entonces, coloco las comas en lugares equivocados, trato de averiguar si fue una caída de un meteorito sibilino, un inesperado autobús que se cruzó en mi vereda, la mordedura de una ponzoñosa serpiente alojada en lo profundo de un supermercado… Son muchas las posibilidades que he barajado para explicar este indefinible estado en el que ahora mismo, para mi desgracia, me encuentro.

Las secuelas, si tuviéramos el valor o la decencia de llamarlas así, son, de nuevo, mutantes y caleidoscópicas. La cuestión, el busilis in diebus illis, es que desde entonces creo que no soy el mismo. A veces, no me reconozco siquiera en las elegías que me dedican en los funerales, y los espejos, cuando algo contestan, sólo devuelven un triste espectro que llama a las puertas con la esperanza que alguien abra un abrazo lenitivo. Se me escapan las palabras, como si el cerebro tartamudeara, o huyeran por entre mis cabellos, por los huérfanos labios, y tan siquiera saliera de mi cálamo un brebaje literario que ni a los cerdos alimenta. Se me escapan los adjetivos pretenciosos, nunca un adverbio encontró su sitio, y las frases se encadenan como un rosario de longanizas dedicado, cómo no, a collares para perros.

Y en este corazón con caries, como el piano del sepulturero, suena una música onerosa e incompleta, unas melodías que son anti canto de sirenas, que aleja a los marinos para estrellarlos en los arrecifes. No me reconocen ni los amigos, ni me ladran los lobos al caminar por su calle. Hace tiempo que dejé de ser yo, dejé de ser alguien, y no sé en quién me convertí.

Hace tiempo tuve un accidente, y no supe acudir por mi propio pie al hospital ni al cementerio.

Perdone que no le reconozca; he cambiado mucho.