Diario emocional

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Creo que por fin sé por qué este blog me salvaba. Nunca lo entendí, nunca me expliqué por qué me hacía tanto bien, Este blog era mi diario emocional.

Periódicamente limpiaba mi alma de dolor, contaba mis penas a extraños o simplemente las gritaba como un poseso, extraía de un tirón las saetas de un corazón espinado transido de dolor, corría y saltaba y lloraba. Era mi catarsis.

Ocurrieron cosas. Cambiaron los vientos y mis velas se despedazaron, perdí el rumbo que me llevaba a tus brazos, y los cuervos saquearon las cuencas de estos ojos cansados de llorar. El silencio, siempre el silencio y ese mar irrefragable, esa sinrazón como modo de vida, esa reprobación constante.

Así que aquí consignaba mis penas, y dejé de hacerlo. No sé si fue por miedo, por dolor, por trauma, por amor… ¿Qué es el amor sino locura irracional? La cuestión es que comencé a gotear primero, y luego cerré la espita. Demasiados balazos a cada banderazo.

Y se quedó oscura mi alma, mi blog, mi televisión, mi futuro. Dejé de entender si sabía lo que hacía, quién tenía razón en el intercambio de disparos, dudé si mi dolor era real, si todo lo que había funcionado siempre ahora estaba equivocado. Al final acabé dejando de ser yo, y convirtiéndome en una informe masa de herrumbre malherida que cambió su nombre por amnesia o mimetismo.

Ahora, hoy, 16 de abril a las 18:50 horas de la tarde, cautivo y derrotado el ejército rojo, la guerra ha terminado.

Ahora mismo no sé en qué bando he caído; no sé si este dolor que me cruza la vida es lícito, no sé si la sangre es mía o de otro. Ahora mismo, no sé nada porque dejé de ser yo, aspirando a no sé todavía qué, con todos puentes levadizos en el suelo, y la pena burlona hurgando en mis cajones.

Supongo que vuelvo a verme, tampoco lo hice tan mal. Simplemente nunca debí dejar de ser yo, y me echaba de menos.

Bueno, pues eso. Dolía tanto que no sabía si estaba bien que me doliera o no, si tenía razón o no. Dejé de conocerme tanto que me caí dentro.

No me acuséis de estar perdido y roto, por favor. No me despreciéis por ello, ni penséis que soy un mendigo o tullido emocional. No os imaginéis cómo llegué hasta aquí, qué oscuras y dolorosas sendas recorrí en soledad, luchando contra el mayor enemigo que se puede tener: uno mismo. Estuve roto y herido, pedí ayuda y quien acudió vino con el descabello a echar sal en mis heridas. Quizá no me veía, y quizá no me di cuenta de quién, en realidad, me cuidaba desde el final de un mundo inaccesible.

Besos y abrazos.