Hoy ha sido un mal día. Una mala noche. No estoy triste, es que me acuerdo. Ni siquiera sueño con soñar. Así, de súbito, todo parece irreal, una vida vicaria entre brumas gélidas, sin saber si el que está aquí estos días soy yo o un trasunto de mí mismo. Todo deja de tener color, triste, desvaído, incluso los recuerdos se difuminan y viajan al país de los sueños, de las pesadillas. A veces sueño que vuelves…
La herida del alma sigue supurando una fétida pus, un maligno resplandor. Nunca hubo corazón más trizado de heridas; me asalta un llanto incontenible en el coche, y las lágrimas afloran cuando me quedo a solas con los recuerdos borrosos, con las preguntas inexcusables, con esa inexplicable sensación en los fríos huesos de que algo de esto es irreal: no sé qué vida es ésta.
Y sólo los maestros de la tristeza me calman, esta vez son Sabina e Ismael; hay otros, pero duelen tanto que me suelo desmayar o disolver entre lágrimas saldas y heridas purulentas. La marca de tiza dibujada por la mano displicente de la policía, en el hueco que he dejado en tu cama, un reguero de sangre que lleva hasta un corazón desgarrado, un Luis Fercán que me acaba de dejar derribado sobre la lona, con su mesa vacía en una imposible cena para dos. Entradas en un blog cerrado, sin fotos, sin música: sólo la más profunda tristeza que sale de errores imposibles y de certezas malditas.
Estoy bien, gracias.