Errores y más errores

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¿Habéis sentido alguna vez que en vuestra vida no caben más errores? Yo sí. Y aun así, me las apaño para meter otros nuevos entre los antiguos. Nunca aprendo.

Me duele la injusticia, me duelen las heridas que me matan por dentro, mientras mantengo la sonrisa y trato de contener el mundo con el pecho descubierto.

Alguien, que es mi vida entera, me dice que soy muy fuerte. Supongo que tendrá razón. Pero yo no me siento fuerte. Cada día recibo una andanada terrible en pleno corazón, que siento que me desgaja por dentro. Todo, desde lo más pequeño a lo más importante, duele como si el mundo se fuera a acabar. Sé que es normal, sé que no me va a matar, sé que debo seguir, poner buena cara y dar otro paso, poner la otra mejilla, seguir diciendo que todo va bien. Pero no puedo evitar que duela, no puedo evitar que me despierten las pesadillas por las noches, que duela el simple roce, que vivir resulte doloroso por dentro. Aprendí que el dolor no te mata, y es algo aprendido, pero no deja de doler.

Mis errores duelen. Duelen cuando afectan a otras personas; duelen cuando vuelven hacia ti y te dan en el pecho y te derriban y sabes que no puedes devolver el fuego, porque todo eso no es más que guerra y destrucción, y ya has estado en el infierno y no vale la pena para los demás. A mí el infierno no me da miedo; de hecho, me siento cómodo cuando saco mi parte salvaje. Nadie conoce mi parte salvaje, la parte inmisericorde, la tormenta que desato cuando rompo mis cadenas.

Me siento como si no fuera ya más que un esqueleto que mantiene este escenario que todos ven. Durante mucho tiempo mantuve mi corazón en su castillo, inaccesible, para no volver a sentir dolor. Fue un error, y ahora que bajé las puertas y salió al campo de batalla, ya no puedo hacer nada.

Estoy equivocado, y gran parte del dolor es por mis errores. Por esperar de los demás lo que no llega, por creer que todo puede ir bien, por tratar de mostrar siempre mi mejor cara y ocultar que todo es fachada, que detrás quizá haya una persona herida, miserable, mezquina. O simplemente rota, que trata de coserse con tu risa cuando resuena, y se rompe con tus lágrimas.

He aprendido mucho. Hice un máster de desengaños de 4 años en el que me licenciaron con deshonor, amo de la peor manera posible: en carne viva; y oculto mi dolor y mi tristeza mientras pueda: nadie quiere un triste a su lado. Pero no sé amar de otra manera más que triturando mi corazón, y a estas alturas no quedan sino jirones sanguinolentos que siguen dándolo todo día tras día.

Ese máster me enseñó que no puedes morir de amor. Quizá no vives, que es lo peor, pero no mueres. Y al otro día todo sigue girando, y tu dolor no importa al resto del mundo, tu tristeza no importa al resto del mundo. Aunque a veces encuentras a alguien como tú, a quien le importa tu dolor y tu tristeza, y lame tus heridas y tú las suyas, y no ve tus defectos ni tus errores, o te los perdona. Y entonces, eres feliz.

Quiero paz, necesito paz. Vengo de muchas guerras que me han matado varias veces, he causado daño y dolor sin pretenderlo, y quiero rendirme para siempre donde encuentre esa paz, donde deje de doler todo y sólo vea unos ojos amables y un corazón tendido al sol.

Las palabras han perdido su color, su sentido. Cada día todo es gris, sabe a ceniza, pero sabes que hay que seguir caminando, luchando, que todo tiene su recompensa, que después del huracán vuelve a salir el sol, que la final de yodo camino está Ítaca y que no debes recriminarle nada. Que lo valioso es el camino, y la persona con quien lo recorres.