Ya he hecho alusión, creo que más de una vez, a esa imaginaria línea que en la vida uno cruza, ese punto de no retorno en el que ya no es dueño de su destino y simplemente queda a merced de las circunstancias, moviéndose por la inercia, indolente, impotente.
Y así soy yo: hace tiempo tracé un camino, un rumbo a seguir; lancé mi nave a toda máquina, dispuesto a triunfar o morir, a llegar tan lejos como fuera posible. Y lo hice. Crucé la línea de sombra, logré mi objetivo. Pero sellé mi destino; roto el timón ahora mi barco sigue en marcha, imparable, irrefrenable, inmutable, invariable. Navegando hacia el fin, hacía el fin del mundo en donde los barcos se despeñan en el abismo sin fondo, en el fin de la tierra. Finis terrae.
Tan sólo me queda garantizar que los míos estarán bien hasta que decidan trazar su rumbo, intentarlo y fracasar o triunfar o morir; defenderlos contra el Leviatán o el Maelstrom, mientras sigo muerto, inerte, hacia el fin de mis días.
