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110, Luis Fercán
Le dije:
Cuéntame tu historia
y yo te cuento la mía.

Ella me respondió:
¿Por qué crees que voy a hacerlo?
No te conozco.

Le respondí que me conocería
cuando yo le contara la mía.

Me preguntó
que por qué quería que contara su historia.

Y le dije:
He hecho una apuesta conmigo mismo,
y no me gusta perder ni en ese caso.
Creo que tus ojos tristes
guardan un misterio.
Que lo que quieres es contarlo,
pero no tienes a nadie
con quien hacerlo.
O que
quizá en tus ojos tristes
he visto reflejados los míos,
y también necesito,
también me falta
contar mi historia,
vomitar toda bilis
que me asfixia el alma.

Así que se sentó a mi lado
y me contó
su historia triste,
cómo no podía ser tiste.

Cumplí con mi parte del trato:
le conté la mía.
Ninguno de los dos
dijimos nada.
Ninguno de los dos
juzgó
ni el dolor,
ni los errores,
ni las traiciones.

Ahora,
en este preciso momento,
duerme a mi lado.

Jamás
hemos vuelto a hablar
de nuestras historias tristes.

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