Le dije: Cuéntame tu historia y yo te cuento la mía.
Ella me respondió: ¿Por qué crees que voy a hacerlo? No te conozco.
Le respondí que me conocería cuando yo le contara la mía.
Me preguntó que por qué quería que contara su historia.
Y le dije: He hecho una apuesta conmigo mismo, y no me gusta perder ni en ese caso. Creo que tus ojos tristes guardan un misterio. Que lo que quieres es contarlo, pero no tienes a nadie con quien hacerlo. O que quizá en tus ojos tristes he visto reflejados los míos, y también necesito, también me falta contar mi historia, vomitar toda bilis que me asfixia el alma.
Así que se sentó a mi lado y me contó su historia triste, cómo no podía ser tiste.
Cumplí con mi parte del trato: le conté la mía. Ninguno de los dos dijimos nada. Ninguno de los dos juzgó ni el dolor, ni los errores, ni las traiciones.
Ahora, en este preciso momento, duerme a mi lado.
Jamás hemos vuelto a hablar de nuestras historias tristes.