Hoy me he meuerto. Así, de repente, sin tenerlo previsto. Y ha sido una enorme putada, porque no estaba al día de las letras del Ocaso, y aparte de palmar yo, también he palmado pasta.
En mi descenso al averno he vuelto a saludar tanto y tanto fariseo, el famoseo de los infiernos tiene su morbo, porque hay demasiada gente que se estaba ganado el cielo cuando salí. Pero soy gato viejo, o alma vieja, según se vea: ya no me sorprenden las miserias de los justos ni los vicios de los beatos.
Es como cuando oyes ese crujido terrible, sordo, trémulo y tronante, y no sabes si se te ha desfondado el alma o los bolsillos, aunque no suenan monedas sino tristeza, pena y todos aquellos lobos viejos, astrosos, plagados de pulgas, cicatrices y la pus y la hiel manando de todos sus orificios. Y tú roto, a merced de los lobos, mientras esbozas la sonrisa pintada del payaso triste.