Se llamaba noche y día, y entraba en mi vida cada día, sin llamar a las puertas ni cerrar ventanas.
Caminaba sobre el agua con los ojos cerrados y el corazón abierto. Saltaba entre las amapolas, con el sol a su espalda y una música que caía como la lluvia en Santiago
Hablaba con silencios, gritaba con versos de Neruda, hablaba con los gatos y tendía en la terraza las penas, con la esperanza de que el viento las secara o las sacara de un soplo, que a fin de cuentas es lo mismo.
Pisaba Madrid y crecían las flores en las aceras de la Gran Vía que reía y reía y reía con el suave roce de sus párpados, besando mariposas, latiendo a solas. Bailaba tregua y catala en el París de Cortázar, en la Venecia de mi alma, en el río aquel tan dulce donde un día, donde una noche me dijo: te quiero.
Se me olvidó el poema que le debía, dos o tres palabras desordenadas que rompieron mi cabeza contra el espejo. Así que construyo este laberinto de verbos, adjetivos y errores, siempre para decirle sin palabras, que yo también la quiero.