Le dije:
Te cuento una historia y la haces canción.
Y él me dijo.
Me parece justo el trato, pero
¿por qué quieres que haga tu historia canción?
Y yo le dije:
Para recordarla.
Y él me dijo:
Si sólo es para recordarla,
todas las canciones de amor
llevan su nombre.
Y tenía razón.
No es que no quisiera trabajar,
simplemente puso la verdad sobre la mesa.
Así que asentí:
No te preocupes.
Mi historia
es la misma historia triste
que cantan todas las canciones tristes.
No necesitamos
una canción más de desamor.
Y él me dijo:
Cuéntame tu historia
Así que se la conté
Pasamos una noche
entre copas,
entre historias,
tomando notas.
Nos despedimos
al amanecer.
Quedamos en vernos
ese mismo día
un año después.
Dejé pasar el tiempo.
No soy muy dado a redes sociales.
Un día
en mi playlist de Spotify
escuché una canción suya
que sonaba demasiado a mi historia.
Volvía a escucharla una y otra vez;
él lo había conseguido:
Era
una canción
de amor.
Yo no me lo explicaba.
¿Cómo había conseguido
ver tanta belleza
cuando yo recordaba
tanto dolor.
Saqué del armario de mi corazón
el cajón de recuerdos.
Después de apartar
las espinas,
los escombros,
las noches oscuras
las punzadas de dolor...
Efectivamente,
detrás de mi historia
todavía quedaba
una buena
historia de amor.
Mañana hará un año de esto.
Mañana cantaremos
una buena
historia de amor.
Mientras tanto, en la cocina del infierno…