Hay días en los que, a petición de personas con más criterio o dulcedumbre que tú, debes parar y dar las gracias.
Hoy es uno de esos días.
Es un largo camino el que hoy nos permite contemplar este amanecer, o mejor, este ocaso.
Después de tanto tiempo, tanto esfuerzo y tantas heridas, es de esperar que en 2026 llegue la cátedra, tras ese rosario de heridos y ese desierto de la desesperanza atravesado. Mi universidad, tras asomarse al abismo, de nuevo se abre a la pelea conmigo en el lado de los ganadores una vez más, ¡Qué bien sienta ganar, qué bueno estar con gente buena!
Y una puta mierda. Un año peleando conmigo, con las circunstancias, con los narcisistas, con las víctimas, con el egoísmo. Un año peleando con el cáncer y con la gente que te dice que ahora sabrás lo que vale un peine. Un año peleando con quien te hace infinitamente infeliz, con quien piensa que eres un desagradecido, un inconstante, con quien usa tus defectos para seguir hundiéndote mientras presume de generosidad, entrega, abnegación. Un año peleando con quien nunca tiene bastante de nada, y todo es poco.
Un año en el que la esperanza murió, en que seguí peleando pese a que nadie creyera en mí, por mucho que dijera lo contrario. Un año en el que la soledad me mordía noche tras noche y hacía lo correcto a escondidas.
No. 2025 fue un año de mierda gracias a las personas que viven en no sé qué puto planeta que no es el mío.