A veces se enciende una luz,
no sé si es el amanecer
o la alerta por un fallo en el motor.
Se enciende y,
entonces,
cierro los ojos del corazón
y lo dejo soñar
con el calor de tu abrazo,
con el gozo de la esperanza,
con los dedos de tus dedos
recorriendo la espalda del alma.
Se enciende,
y entonces corro en la oscuridad,
siguiendo el tañido de tu risa,
la sombra de tu cuerpo
que proyecta la vida,
el agua que mana de tu recuerdo
y que atesoro en mi cantimplora.
A veces
no hay luz.
Y en esa oscuridad
onerosa,
funesta,
aciaga,
siempre hay una luciérnaga
que me trae un rayo de tu luz.
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