Decidme qué hago

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Dime qué hago, Luis Fercán

Este «largo fin de semana» me prometí, en algún momento, escribir todos los días en esta bitácora. A fin de cuentas, empezó siendo un diario, y a eso debía de volver, aparte de ser una catarsis, una purga para eliminar tantos desechos que genera la vida.

Ayer decidí que no escribiría en este blog, en un largo tiempo. Hasta incluso pensé en cerrarlo. No quería lanzar más botellas, porque ya han perdido el sentido. Fue un largo viaje, con Ismael Serrano, Enrique Urquijo, Marwi… No me atreví a poner a Luis Fercán.

Y hoy, heme aquí, triste, cuitado, volviendo a escribir. Prometiendo no hundirme y haciéndolo a solas, mientras conduzco, mientras nadie puede verme.

Hoy estoy lleno de preguntas, repleto de dudas. Demasiadas preguntas que nunca tuvieron respuesta, y que no las tendrán, me temo, pese a que ya las hice. Y muchas, muchas dudas. Porque nadie, nadie dispara al corazón a sabiendas, nadie destruye los hermosos jarrones Ming a propósito, y no sé qué pudo fallar, no sé cuánto de evitable había en mi tarea, sin perder la cordura o la dignidad. Siempre la cabeza contra el corazón, y ahora la cabeza recoge los restos del corazón malherido, meneándose y diciendo «te avisé«. Cuánto se pudo haber evitado por mi parte, cuántos errores se podían no haber cometido y cuánto había de erróneo o acertado por mi parte.

Siempre hay un precio a pagar, siempre hay que pagar por los errores de uno, y también por los que le arrogan: es inevitable. Es inevitable pagar por tus errores y, a veces, por los lo de los demás. Y tengo la duda de cuánto ha sido error mío y cuánto no. No por pagar la cuenta: eso va de oficio; lo que quiero es aprender, ser consciente de si, de lo que me acusa el señor juez, es mío o no. Necesito saber mi grado de error real, aunque temo que no lo sabré nunca, y tendré que manejar esa duda toda mi vida. Con mi puta cabeza señalando a mi corazón, triste y ajado, cerrado por derribo, huérfano de solidaridad, carcomido por la pena con agujeros por los que cabe el puño.

Todos somos cicatrices, todos somos heridas, todo hiere. Y sé que infligí heridas, de esas que duelen tanto como a mí. Por primera vez en mucho tiempo no sé qué hacer. No sé qué hacer a ningún nivel. Totalmente perdido, a merced de las olas, los bárbaros y el despiadado viento. Inerme, vencido, dejando que las balas me sigan atravesando sin importar lo más mínimo. No hay orden de carga ni de retirada, ni siquiera hay órdenes. Sólo lluvia y llanto y pena, esperando que algo aparezca en mi cabeza y saber qué hacer. Ni siquiera se han cerrado las puertas de la fortaleza, y se escuchan llanto, carreras y crujir de dientes, pero nadie las cierra porque hoy no hay nadie que diga lo que hay que hacer. Hoy sólo queda morir.

Decidme qué hago. Decidme qué hago con este blog, qué hago con mis poemas, qué hago con mis fotos, qué hago con Madrid, qué hago con mi pena. Decidme qué hago, por favor.