Para quien supo subirme a la luna, para ver mejor las estrellas.
En estos momentos en que los abismos se abren a mis pies, y el miedo me aferra la garganta, ha llegado el momento de confesarte que tengo mil deudas contigo. Que nunca te dije suficiente que te quería, que mis días, tristes y grises, los teñiste de color aquel mediodía y, desde entonces, todo fue distinto: las noches, las horas muertas, los andenes y las carreteras que unían tu boca y la mía. Que quizá mi corazón, triste, roto y ajado, te esperó en esta esquina para verte pasar; que tu corazón, frágil, bello y malherido, buscaba un refugio para cerrar los ojos. Nunca sabré si lo que me llevó a ti fue una broma de la vida o un regalo de fin de curso; si tantos pasos y dolor fueron para llegar a ti hoy, ahora, o si perdí mi vida dando vueltas buscándote mientras la tormenta me hurtaba de conocer tu existencia. Así que en estos momentos en que el futuro me da tanto miedo como esperanza, te doy las gracias por ser la piedra en la que tropezar, el hogar donde quedarse, los brazos en los que escribir, lenta, suavemente, este capítulo de esta historia.
Hermoso. Un cordial saludo.