Las últimas boqueadas

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Parece mentira cómo este viernes se ha ido desmoronando paulatinamente. De cómo las trazadas empezaron a torcerse anoche y, con el rumbo cambiado, la aurora de rosáceos dedos nos vino a despertar. Pero ya era tarde.

Sigo leyendo «Un mundo feliz», a instancias de Sandra. Debe de ser la tercera o cuarta vez que me lo leo, de un tiempo a esta parte ya ni recuerdo qué me he leído. Esta vez me dice poco, casi nada. Y también leí «El señor de las moscas». Pero tengo que leer algo duro. O mejor: tengo que escribir algo duro. Tengo que escribir acerca de cómo la vida nos sacude sin contemplación, y de cómo algunos nos levantamos cuando lo mejor que podríamos hacer es quedarnos tumbados en el suelo de una vez. De una puta vez.

La muy hideputa puta que la parió. Esta noche quería salir, quizá sólo para no entrar en casa, pero no me cabe tanta rabia en el cuerpo. Tanta decepción. Ya no quiero salir, lo que quiero es no ver a nadie y lamer mis heridas y soñar que todo está bien y ella me vuelve a querer.

Necesito que vuelva un poco de calor a mi cuerpo, ese calor que me ha robado el aire acondicionado. Necesito dormir a su lado y reconciliarme con la vida, conmigo mismo. Necesito equivocarme para ver que ahora me equivoco. Necesito alguien que me acaricie el corazón un rato, me lo aterciopele, y yo me ponga a ronronear como un lindo gatito. Necesito olvidarme de todo por un tiempo entre tus brazos, hasta que la piraña de la conciencia me devore, y entonces arrepentirme y volver.

Te juro que no.

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