O.L.I.

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Aquel día comenzó lluvioso. Las previsiones meteorológicas anunciaban un fin de semana repleto de tormentas, lluvia y cielos encapotados . Le encantaba ese tiempo. Le agradaba la lluvia, y por las noches dormía con el balcón abierto, para poder escuchar el ruido que hacían las gotas sobre los tejados, sobre el asfalto mojado, sobre las hojas de los árboles del jardín de enfrente.

Así que le pareció muy inocente cuando pidió que nunca dejará de llover . El, que no creía Dios ni hacedores ni demiurgos, ni siquiera en La Fuerza, pensó que no estaba de más pedir que nunca dejara de llover. Lo había hecho tantas, tantas veces, que era casi un ritual inocuo, o algo así. Un capricho de su alma rota y atormentada.

Salvo que esta vez fue diferente. Esta vez no dejo de llover. Esta vez algo, alguien le hizo caso en algún sitio.

Los partes meteorológicos mejoraron en la región, y el otoño dejaba paso a días más fríos y soleados, cielos más azules, pero inexplicablemente, en todo el valle donde él vivía, las nubes no dejaban de descargar su llanto, a veces pronunciado y torrencial, a veces quedo, suave y lastimoso. Pero no dejaba de llover. Nunca dejaba de llover.

Al principio, aquello se tomó por una rana anomalía meteorológica, aunque muchos vecinos comenzaron a estar algo molestos por la pertinaz, incansable llovizna . Cuando la cosa se alargó más de un mes, empezaron a haber movimientos nerviosos en muchos sitios: El servicio meteorológico desplazó a un equipo para estudiar tan extraña y compleja singularidad , y los vecinos reclamaban, sin sentido ni concierto alguno, responsabilidades y ayudas al gobierno. Y ni meteorólogos ni políticos podían hacer nada: las nubes seguían colgadas en el cielo gris , la lluvia seguía descargando implacable, perezosa sobre aquel valle .

Delimitaron la zona donde estaba confinado el suceso: entre las cumbres de las dos cadenas montañosas que escoltaban el valle, como se hubieran sido dibujadas a escuadra y cartabón, y justo hasta el límite de las dos provincias que delimitaban aquella tierra, perdida ahora de la mano de Dios y en otro tiempo fértil y populoso domicilio de un rey ya olvidado, de un reino que se había perdido en el tiempo y en la frágil memoria orgullosa y vanidosa.

La lluvia no cesaba.

Al cabo de un año, el paisaje había cambiado . Los pueblos de las montañas habían perdido todos sus habitantes, y la pequeña, pero engreída ciudad del centro del valle había perdido casi toda su población y su economía. Sus casas estaban cubiertas de moho y de musgo, surgían regatos por doquier; las calles húmedas y umbrosas, las casas viejas, carcomidas por la humedad, que se venían abajo en un estrépito, sordo de húmedos cascotes y barro… Todo el mundo había oído de aquel valle , ahora de un verdor resonante y casi norteño, pero que impedía lo que aquí conocemos como el normal devenir de las cosas que acontecen en la rúa. Nadie, en su sano juicio, quería vivir aquí.

La población emigró, huyó como de una enfermedad. Cerraron o malvendieron sus casas, sus negocios, sus campos, y cruzaron las montañas, abandonaron la provincia en busca de un sol casi olvidado. Sólo el riachuelo se hizo mayor y se llamó Río, amplió sus márgenes y acogió agua, agua, y más agua.

Nuestro hombre guardaba silencio. Nunca había confesado, salvo en conversaciones banales e insustanciales que no iban a ningún sitio, su deseo de que no dejara de llover . Total , en el pueblo lo tenían por loco. Loco y triste. Pero desde que aquel suceso se había desencadenado, no había dicho nada. Nadie, nunca sospechó que era el culpable, de alguna inexplicable manera, de aquella situación que ni él mismo se creía. Aún así, vivía feliz levantándose todos los días para ver aquellas montañas cubiertas de niebla, como dice la canción, el sonido imparable, relajante de la lluvia sobre todos los sitios que uno pueda imaginar. Y el silencio, el silencio de un pueblo que iba muriendo, el silencio de una comarca que se tornaba inerme, solitaria, melancólica, santiaguesca, que cambiaba la flora, la fauna y hasta el aspecto. Que cada vez era más y más suya, menos y menos de toda la gente que abandonaba la región.

Y allí se quedó viviendo. Creo que todavía sigue allí. De alguna manera , la comarca se ha convertido ahora en un populoso santuario de poetas, escritores, pintores, cantautores, soñadores y gente de espíritu melancólico, hidropesía del alma . Algunos de ellos han establecido allí su domicilio, y ocurren memorables soirées donde la gente más triste del mundo se reúne para hablar de su tristeza y abrazarse en el corazón. El paraíso según dicen para ellos.

Sorprendentemente, en esa verde esmeralda que ahora es aquella zona, el turismo de curiosos y la generosidad, el desprendimiento de todos sus admirables vecinos ha hecho que dispongan de librerías cuyo objeto no es vender libro, sino charlar con los que les gustan; pequeñas, tiendas de objetos y bagatelas sutiles, de esos que acarician el alma; cafés donde se sirve té y absenta, y los cantautores regalan sus últimas composiciones sobre el amor perdido, sobre tiempo al mejor es, sobre la amada que no pueden alcanzar.; restaurantes donde los propios clientes cocinan con el con el chef sus platos mientras hablan de filosofía.

Hasta se están planteando cambiar el nombre a las ciudades y a las montañas , por lo que tiene poco sentido que os diga qué nombre tenía entonces, cómo era conocida esa tierra. Porque si volvierais apenas reconocerías los pueblos y las calles y los caminos y las montañas . Ahora son ese vergel impregnado por la tristeza, donde toda todas las almas melancólicas encuentran refugio. Simplemente, buscad en Google el lugar donde nunca deja de llover. No tiene pérdida

Nuestro hombre sigue allí. Parece que es, de alguna manera extraña, gobernador de tristes en el reino de la melancolía. Y sin embargo, todos son más felices que nosotros.

A veces yo también deseo que nunca deje de llover. Ojalá lloviera infinito.

Lluvia en soledad, Celtas Cortos

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