Hay momentos en la vida que te vienes definitivamente abajo. Como el título de la película, todo a la vez en todas partes. Nada sale bien, nadie sale bien, y te encuentras de nuevo un poco solo, frente a una carga de mamelucos o de orcos, lo mismo me da, sabiendo que no queda otra. Simplemente hay que pasar por eso.
Por primera vez en mucho tiempo estoy a punto de abandonar. Sientes que ha habido mucho esfuerzo, mucho tiempo, mucho amor, mucha lucha, mucho dolor. La misma historia. Comienzas a repasar con detalle, y algo falla en todo esto. Sí, realmente es mi culpa, realmente estoy equivocado y todo lo hice mal.
Sigo peleando sin fe, y no sé por qué sigo, cuando todo a mi alrededor está muerto, cuando nadie acudió a la boda. Bueno, nadie no. Pero eso es otra historia y será contada en otra ocasión.
Y es que no hay manera de encontrar el hilo de esta historia, de responder a las preguntas, de saber quién es Caín y quién es Abel. Preguntas, preguntas, preguntas sin saber cuál es el alcance de las heridas, sin poder encontrar la respuesta a nada. Otra vez volando a ciegas en la niebla, con el miedo a estrellarte contra la ladera de un momento a otro, sin saber bien dónde estás, aferrándote a los viejos métodos, y tapando los agujeros de las balas, cosiendo las heridas con los dedos ateridos. Y el indicador de combustible diciéndote que esto se acaba si no encuentras pista para aterrizar. Hoy me ha dado por los vuelos.