Felicidades, mi chico.
Hay días y días, y hoy, como de costumbre, es uno de estos últimos. Demasiados agujeros, demasiado peso en la mochila. Demasiadas preguntas, demasiadas conclusiones. Demasiada guerra y disparos, demasiada tierra sobre mi tumba, demasiado caro el marisco en navidades para los pobres de estómago, demasiada ceniza en la boca y en los momentos felices. Demasiado para Rafa, que ha comido pan de muchos hornos y, aun así, sigue soñando con tortas.
Y es que, cuando todo pierde el sentido, parece que las piezas encajan como un tetris, y se cierra la muralla y la boca del estómago. Y dime qué hago ahora yo con este esqueleto de titanio que encerraba un corazón de terciopelo.
Vuelta a empezar. A buscarte entre las caras de la gente, a buscarme de nuevo en un Madrid espectral, a taparle las caries a un blog desdentado, a leer y a escuchar, a desprenderme de media vida, a ordenar las fotos, a volver a ese manual de intendencia para cuando no queda esperanza.
Ni esperanza ni ganas. Que fuimos grandes, pese a los que nunca nos creyeron. Que hay más amor, pasión y ternura en dos palabras que en todos los cuentos de la historia. Que no lograrán que dejemos de soñar.
Y ya está. No tengo la cabeza para poemas, y vivo un poco de rentas. Pero vendrán entradas mejores. Sigo en pie, sigo soñando. Te sigo soñando, más despierto que nunca. Sólo queda ordenar esta vida un poco.