Una cuestión de esperanza

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Cómo huir, Luis Fercán

Estas últimas semanas, la cuestión que navegaba en el fondo era la esperanza. O más bien, su ausencia. Después de acostumbrarme a ver una salida a todo este marasmo, de ser plenamente consciente de que todo podía cambiar, cambiarlo, paso a una situación donde, como dirían los clásicos, sólo se ve el fin más allá de toda duda. Sé que es una fase, he recorrido esta travesía desértica varias veces, pero quizá esta es la primera en la que lo hago en sentido de vuelta.

Todo son preguntas. Todo son dudas. Permanece un estado de shock permanente, aferrado a las acciones, familiares hasta hace poco, de seguir buscando, buscándote. De nuevo corazón y cabeza en desigual pugna por salir del atolladero.

No me gusta levantarme en el vacío del espacio, teniendo que llenar esas horas interminables de tareas sin sentido para acallar los monstruos que, hambrientos, siguen rugiendo en el fondo. Muy en el fondo.

Aunque quedan menos. Los voy cogiendo, uno a uno, y los voy clavando, a mi manera, en este escaparate de vergüenzas inconfesables. La tarea de limpiar la casa la tenía abandonada, yo me tuve demasiado abandonado como para darme cuenta de que estaba en caída libre. Pese a las luces rojas que iluminaban todo lo que me rodeaba. Siempre la misma historia, el mismo cuento triste y aburrido: soy mejor si soy yo.

Como dijo Vizzini, vuelves al principio. Reordenas tus fuerzas, cuentas los víveres y las municiones, levantas las empalizadas y aplicas el manual para hundimientos generalizados, sabiendo que sólo lo aburrido da resultado. Pero no es tan fácil.

Son las noches en la escarpa cuando la mente repasa los errores, cuando cuentas las pérdidas, cuando revisas los pasos que te llevaron a un precipicio del que sabes, con una certeza dolorosa, que no hay vuelta atrás, que todo se destruyó. Que nada de lo que existió, volverá. Sigue el rictus impasible, la mirada sobre el glacis (hoy me ha dado por esta terminología, como el niño yuntero hoy veo la vida como una guerra), la mano sobre la seguridad irrisoria del fusil. Pero dentro sigues tan vacío como siempre, el dolor irrumpe de tanto en tanto y te aplasta como una maza irrefragable, como perros salvajes corriendo incansables tras de ti. Día tras día, noche tras noche. Los héroes mueren sólo una vez, los cobardes mueren mil veces.

Pero sigue la ausencia de esperanza. La desesperanza. El desahucio, palabra onerosa y fatídica: privar a alguien de toda esperanza. Esa sensación de que hoy es un día de mierda, y mañana será igual, y al otro. Esa sensación de que la secuencia nunca terminará, y la vida se reduce a mantenerse vivo con el único fin de consumir aire y recursos.

La cabeza sabe que esto acabará un día, que saldremos del infierno, aun sabiendo que el precio ha sido exorbitado: los números rojos que tuvimos una vez son ahora un juego de niños ante la terrible bancarrota emocional. Sigo, mi cabeza sigue teniendo claro la solución, el destino, mas el camino es la terrible incógnita. Porque llegar, al fin y al cabo, no es lo importante (siempre que llegues). Lo importante es cómo no llegas, lo importante es cómo te estrellas para no llegar.

Pensando en grabar un disco en Madrid, en cantar con Milanés. Quizá necesito demostrarme a mí mismo que la cabeza está en lo correcto. Pero en cada raya que le dibujo a mi tigre, en cada error, en cada esfuerzo postrero de una secuencia hasta ahora infinita, en cada entrega sin medida de mi corazón lo fui matando, otra vez. Para llegar otra vez al fondo del pozo sin fondo, al lugar donde nunca se deja de caer por intentar volar hasta el sol.

Desesperanza ganada a pulso con deshonor.

Hoy es una entrada de desesperanza. Mirándola frente a frente, a la cara. Mirándome yo frente a frente, y mi puta cabeza jodiendo siempre al corazón. Normalmente siempre acaba teniendo razón. Esa es mi mayor desgracia.