Cada día me cuesta más escribir. No escribir en el sentido de crear, sino escribir aquí. En este púlpito que me construí para gritarle al mundo, en esta válvula de escape que ha dejado de serlo.
Me apetece vomitar mi corazón, que está negro como la hiel de los dragones, pero no puedo hacerlo. Demasiado dolor para un mundo que no comprende que las personas tienen caras ocultas, como la luna.
Quería escribir mi autobiografía, llena de tachones como dijo Ojeda, pero tampoco puedo revelar aquí quién soy, cuánta guerra a mis espaldas me ha hecho un ser insensible, erizado de espinas, tatuado de cicatrices.
Hace tiempo, en esta bitácora o en la otra, la que el infierno le cerró las puertas, dije que las personas éramos como barcos en un océano, navegando con o sin rumbo. De vez en cuando avistas otro barco, te acercas, entablas conversación o batalla. Sueñas que la bruma esconde el barco de tu persona amada, que la tormenta no te alcanzará, que no llegaremos al fin del mundo y nos despeñaremos. O sí, pues será el morir. Era una imagen sugerente.
No sé lo que os parezco de lejos. Quizá os guste mi barco, quizá lo envidiéis o penséis que he tenido. He tenido mucha suerte, sí. No lo niego.
Pero si os acercáis y os atrevéis a mirar, veréis un barco cosido a balazos, con cañonazos que abrieron boquetes por donde entró el océano y se escapó el alma. Con jirones por vela, con partes desaparecidas en incendios, abordajes, tormentas. Un cascarón vacío y sin alma que se mantiene a flote de milagro. Sin nada para repararlo, sólo queda consignar en la bitácora los daños, recordar lo que fuimos, otrora bellos y audaces, y prepararnos para la siguiente.
No está el tiempo propicio para escribir poesía. Me siento mal, como mantequilla demasiado extendida sobre la tostada (gracias, Bilbo), como si nada importara ya, al mundo ni a nadie. Y a pelear, como el toro triste de Cortázar: a agachar la cabeza y embestir, roto, sin ganas, sin fuerzas. Sólo oficio y porque es lo que se espera de los barcos. Aunque estén agujereados.
Porque en días como éste la tuve entre mis brazos, mi alma no se resigna a haberla perdido.
Ven, corre a mi paraguas.
Menuda mierda de entrada 🙁
Pero de todo ese desastre del interior salen buenos versos aún. Eso hace que valga la pena…
Ame especialmente cuando dices «ven, corre a mi paraguas», me quedé allí…