«En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, a quien tanto quería»
Soy mayor. Creo que demasiado mayor. Vengo de un mundo que ya no existe salvo en el recuerdo, en un pasado que ya no sirve de nada en estos tiempos modernos. Un mundo desaparecido que sigue latiendo por debajo, manteniendo vivo a ese romano invisible llamado statu quo, que sigue marcando las tablas de verdad de una realidad que nos ha anestesiado y vendido un escaparate como si fuera cierto. Necios crédulos borrachos de orgullo y poesía.
No entiendo este mundo, esta vida invivible e insípida, esta falsedad infinita de fariseos y culturetas. Bajo mi tersa e inmaculada piel, escondo cientos de disparos de francotirador o a bocajarro, cuchilladas en la oscuridad de un callejón o a plena luz del día, puntazos, botonazos, moratones, bregaduras. Cicatrices y costurones, cirugía de campo y de hospital, y las marcas de sutura con punto de cruz. Soy más agujero que carne, son más dolor que nada en este mundo, y nadie lo ve. Tampoco lo necesito.
Echo de menos esas personas en las que hay una mirada, un «Vamos» y, sin palabras, todo está dicho, todo está entendido. Esa resolución a la vez resignada y fatalista de que no queda sino batirse, tengas ganas o no. Esa gente que sin palabras te dice que está contigo, o al menos, te entiende. Te comprende. Te respeta. Entiende ese lenguaje universal que gestiona el oculto mecanismo de relojería del mundo, que mueve a los títeres en el escenario y guarda la compostura de un espectáculo mendaz que satisface a la masa aborregada que se proclama gente.
Creo que morí a mediados de los 90 por inanición de sueños, enfermedad confundida a menudo con desesperanza o melancolía. Son efectos secundarios de no perseguir sueños con poca ropa, ellos y yo. Desde entonces, camino soportando los balazos, navajazos, palos, piedras y andanadas de 16 libras por banda, viento en popa a toda vela. Estar muerto, a veces, tiene sus ventajas. Al final uno se mueve por la inercia marcada en las circunvoluciones del cerebro reptiliano, y por esas entradas nunca escritas en los manuales de supervivencias, retinas quemadas de cosas vistas y vividas que nunca creeríais, naves de guerra resplandeciendo en la puerta de Orión. Así que con esos mimbres, llevo balas por dentro y por fuera.
Llevo tantas balas que podría barrer a media humanidad, ahíta, engreída, soberbia y descreída, tan satisfecha de sí misma sin saber nada de la vida real que late debajo de sus pies, que los mantiene vivos soportando sus banalidades fatuas. Balas que podrían sembrar el caos, la destrucción y la justicia infinita. Hay otra media humanidad que también lleva sus balas y podría acabar con todos nosotros de igual manera; yo, al fin y al cabo, soy sólo un tuerto que odia la felicidad de tanto ciego, su autocomplacencia y el mundo cómodo que protege un código rojo maldito que alguien ejecuta todos los días cuando como quien desayuna un café solo. No soy especial, simplemente estoy roto por dentro por vivir en la dimensión equivocada.
Da miedo pasear por mi vacío, debajo de tanta herida invisible, debajo de tanta lanza en el costado que es un erizo sanguinario que va por dentro, nadando en todas esas lágrimas tetradimensionales. Mi camino se puede seguir por el rastro de sangre, sudor y hierro, por la sal de unas lágrimas que brotan de un mar antiguo, invisible, calmo y embravecido a partes iguales, del color azul intenso de unos ojos que prometen vida eterna. Soy una casa vacía con tazas de café polvorientas sobre la mesa, un castillo derruido comido por la hierba y la abandonada desidia, una biblioteca con volúmenes incompletos, descatalogados e incunables devorados por la humedad. Estoy lleno de vetustos, desvencijados anaqueles desordenados, marchitos, enmohecidos, donde se acumula en fardos la ternura, los recuerdos, partes de ingresos por traumatismos físicos y mentales, escopetas de perros y últimos cartuchos con el culote oxidado. A veces, una inundación, un temporal o una pena inefable saca a la luz cualquiera de esos momentos, como a quien una palabra fortuita o un gesto mínimo, descuidado, evoca un sueño que creías olvidado, casi que desconocías. Así, de esa manera afloran recuerdos alegres, dolor infinito o tristeza por tantas y tantas heridas que podías haber evitado, por no haber hurtado el pecho a tantas balas ponzoñosas que buscaban un corazón y encontraban un agujero enorme, tan enorme que había soles apagados y planetas extintos.
Estoy muerto, y como Frankenstein, mis intentos prometeicos de devolverme a la vida acaban en pavorosos monstruos deformes, erróneos, de corazón roto, haciendo hueco para otro cargamento adicional de decepción y esperanza. Y quizá, al final estar muerto es el estado natural de todo ser vivo, y es un poco el merecido fin a tantos afanes sin sentido. Un descanso para quien vino de ese mundo tan terrible que, después, a la vista de dónde y cómo vive el resto de poetas engreídos, se ríe de ellos y de los astrofísicos.
Así que sigo caminando, no sé hasta cuando. Una bomba nuclear capaz de destruir esta civilización que tanto se lo merece, una enciclopedia capaz de acabar con el hambre y la injusticia en el mundo, una tortuga con un turborreactor bajo el caparazón pintado de golondrinas.