Si quieres bailamos

Déjate llevar, Coque Malla y María Rodés

¡Tenemos que hacer un grupo de baile!– A Sonriza se le iluminó la cara. Le encantaba bailar, incluso reguetón. Jafar no parecía muy entusiasmado.

¡Inconcebible! ¿Cómo va a salvar un grupo de baile el mundo? ¿O los cuentos? ¿Cogeremos una máquina del tiempo y bailaremos ante Hitler, para poder matarlo y evitar la segunda guerra? ¿O bailar tú y yo en «La voz» para que cancelen el programa? ¿Pero salvar así el mundo? Mira a ver si hay más instrucciones, por favor.– Jafar estaba desolado.

Pues no lo veo tan mal. Por primera vez una misión que parece divertida. Te puedo enseñar a bailar. Venga, cógeme por la cintura. Un, dos, tres, un dos tres.– Sonriza danzaba vestida de geisha alrededor de Jafar. –Además, ésta no es la misión en sí. Supongo que será la preparación de la misión posterior. Y ahí salvarás el mundo. Pero ahora déjate llevar por la músuca. Voy a ponerme algo más adecuado.– dijo Sonriza, pasando tras su biombo favorito.

Mientras Sonriza se cambiaba, Jafar seguía renegando de su mala suerte, mientras sacaba de la mochila un traje de Elvis y una camisa con chorreras.

Una celebridad como yo, ¡bailando! ¿Donde quedará mi reputación?– mientras Jafar se ponía el traje de Elvis, Sonriza salió radiante de detrás del biombo.

Iba vestida como Olivia Newton John en Grease, con flores en el pelo y una falda larga (según la escala de Jafar). Estaba guapísima, y Jafar se quedó sin voz.

Bueno, caballerete. Empecemos por algo de su época, una polka o un vals de Brahms.– Sonriza se partía de risa. –Bueno, no tan viejo como tú, empecemos por el remember, que te sonará de cuando eras un adulto de barba corrida.– Sonriza puso la música en su tocadiscos de Los Picapiedra. –¡Mueve tus caderas!

Pasaron una tarde divertidísima, bailando todo tipo de músicas, A Jafar se le daba fatal, como era de esperar, pero el traje de Elvis le quedaba niquelado, y Sonriza le enseñaba a bailar, y al menos, consiguió que no pareciese un pato mareado en público. Era una tarea difícil y sucia, pero alguien tenía que hacerlo, pensaba Sonriza en su labor de hermanita de la caridad.

Mientras merendaban chocolate y churros para reparar fuerza, llegó el mensajero con la verdadera misión: «el caso del calcetín«.

(Continuará)